A un charrito de Tlaquepaque
lo empacaron con mucha paja
en un huacal,
y su carita, color de jarro,
ni se asustaba ni se arrugaba
por ser buen charro.
Y entre la paja oyó llorar
y que soltaban un suspirito,
por lo que el charro se fue a buscar
a ver quién era el que hacía el ruidito.
Aquel charrito bajó del cuaco
y la pistola sacó,
y por debajo de una cazuela
a una mujer encontró.
Era una indita, también de barro,
que no hacía más que llorar,
entre la paja, pues no sabía
a qué lugar iba a dar.
A ver si se calla, pues,
deje ya de lloriquear,
pos mientras que yo aquí esté
¿qué le ha de pasar?
A ver si se calla, pues,
mire que se va a quebrar
deje que la tape
con este sarape,
venga con su charro,
¡pero sin llorar!